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Una historia cualquiera… (que no debería serlo, pero lo es)

Hace ya muchos años, mi padre se marchó de casa, atravesó el desierto, cruzó el muro y, durante mucho tiempo, no supimos nada de él. Lo dimos por desaparecido hasta que un buen día nos llegaron noticias de el Mantaga, nos llamó para contarnos que estaba bien, aunque la vida allí era también dura y bajo el régimen de ocupación marroquí estaba muy complicado conseguir un trabajo, había decidido volver a casarse y rehacer su vida ante la supuesta imposibilidad de retornar a los Campamentos. Mi madre, mi hermano y yo, pero sobre todo mi madre, tuvimos que trabajar mucho para poder sobrevivir en la precariedad que supone ser refugiadas, pero gracias a Dios, a la ayuda internacional y a la solidaridad de las familias españolas, hemos conseguido tirar para adelante, y hasta día de hoy, seguimos trabajando y podemos mantener nuestra casa en la wilaya de El Aaiún.

Esta situación de abandono, por muy extraño que pueda parecer, no ha implicado un desapego hacia la figura de mi padre, porque he crecido conociendo que los padres ausentes también forman parte de las familias, aunque no nos conozcan, aunque no les conozcamos, y aunque las relaciones queden relegadas a esporádicas llamadas telefónicas a lo largo del año.

Hace un poco más de tres años, la población saharaui harta de sufrir los daños materiales invisibles de la ocupación, se lanzó al desierto y levantó un campamento que fue conocido como Gdeim Izik y que duró casi un mes. Durante este tiempo much@s saharauis se desplazaban hasta ese enclave para instalarse con sus familias y poder gozar de la experiencia de la autogestión, el apoyo mutuo, la libertad, el derecho a decir quién eres sin recibir represalias por ello. Crearon algo parecido a lo que vivimos en los Campamentos de Refugiadas y Refugiados de Tinduf, una realidad muy precaria en recursos pero en la que no corremos el riesgos de ser violentadas o agredidos por poner un pié en la calle.

Fue como un sueño del que se despertó violentamente la mañana del 8 de Noviembre.

Al otro lado del teléfono ese mes no escuchamos la voz de mi padre, sino la una de mis hermanas, que nos contó que había sido apresado durante el desmantelamiento, y que aún no sabían muy bien dónde estaba ni qué había pasado con él. Los nervios, la desesperación, la sensación de vulnerabilidad y las llamadas telefónicas se sucedieron muchas veces, tantas que ahora mismo no podría enumerarlas.

Hasta que supimos dónde estaba, en una prisión cerca de Rabat, a 1.100km de sus familiares más cercanos.

Pasaron dos años más hasta que los medios de comunicación desinformadores nos pusieran al corriente, a principios de 2013, de que 20 civiles serían juzgados por un tribunal militar, de dudosa moralidad y de mucha más dudosa legalidad. Las condenas fueron desproporcionadas, sangrantes…algo que pretendió ser aleccionador para la población saharaui residente en el Sahara Occidental: una demostración de poder del Reino de Marruecos, dueño de las vidas de quienes residen en SU territorio (teniendo en cuenta que este mismo reino delimita cuál es, al margen de la legalidad internacional).

A raíz este juicio, el de los presos de Gdeim Izik, salió a la palestra mediática información relacionada con el trato vejatorio recibido por quienes son retenid@s como pres@s polític@s, no sólo en lo que se refiere a los medios que las autoridades marroquíes emplean para obtener información dentro de las cárceles, sino también en lo que se refiere a alimentación, espacios, régimen de visitas, acceso a la sanidad en caso de enfermedades crónicas o derivadas de las torturas… en definitiva, otro incumplimiento de la legalidad internacional.

Y sabía, sentía, deseaba…ir a visitar a mi padre, y a la familia de los Territorios Ocupados, aunque en el fondo sentía un poco de miedo cuando pensaba que tendría que atravesar Marruecos, sola, en un autobús público que me llevara hasta la capital, y desde allí subirme a otro en el que llegaría hasta la cárcel. Había oído tantas historias del acoso que la policía marroquí realiza sobre las familias saharauis que van a visitar a sus presos… sobre pasaportes requisados, sobre paradas eternas para comprobar lo incomprobable, para que tengas bien claro que es su estado el que lo controla todo y que tú para él no vales nada.

Hace seis meses, después de cuatro días atravesando el desierto, los Territorios Liberados, Mauritania y el Sahara Occidental, llegué por fin a El Aaiún, donde me recibió la familia, quienes me asesoraron sobre cómo realizar el viaje hasta Rabat de la forma más segura. Subí al autobús y aunque las piernas me temblaron en cada control policial, pude, por fin, llegar a tiempo al horario de visitas y abrazar a mi padre.

Comprobé que a pesar de la injusticia de la que están siendo víctimas, se sienten muy unidos, y que gracias a Dios, y a la enorme presión que las y los activistas saharauis realizan mediática e internacionalmente para visibilizar esta vulneración de los Derechos Humanos en nuestra casa y hacia nuestra gente, las condiciones mínimas de higiene, alimentación y horarios de visitas, están siendo más respetadas por las autoridades marroquíes y les dejan permanecer a todos juntos en la misma sala para recibir a sus familiares.

La visita terminó muy pronto…demasiado pronto… y otra vez deshice el camino de 1100km para volver a El Aaiún con mis ojos llenos de lágrimas y mi corazón deseando volver.

Pasó el mes 6, el 7, el 8… y al llegar el mes 9 volví a pasar cuatro días de viaje para atravesar todo el Sahara Occidental, Mauritania y El Bedía, hasta llegar de nuevo a los Campamentos… Todo esto sin haber tenido la oportunidad de visitar una segunda vez a mi padre porque toda la familia, y yo misma, veíamos el enorme riesgo que iba a ser enfrentar de nuevo la empresa de desplazarme sola hasta Rabat: una vez salió bien, hacerlo dos quizás era tentar demasiado a la suerte.

No pierdo la esperanza de que se haga justicia y mi padre, junto a los otros presos, sea juzgado por un tribunal civil que elimine la condena a cadena perpetua que le ha sido impuesta y permita que nos reencontremos y abracemos fuera de los muros de una prisión marroquí… Inshallah…

Me llamo Fatimetu*, tengo 24 años, y soy saharauia.

¡LIBERTAD PARA LOS PRESOS POLÍTICOS SAHARAUIS!

¡SÁHARA LIBRE!

*Fatimetu es un nombre muy común que aquí se ha usado como pseudónimo para proteger la identidad de la protagonista de esta historia.


Auxi J. León